lunes, 29 de julio de 2013

La mente del coleccionista

Coleccionar es un instinto humano básico y muy antiguo, propio de personas organizadas, cuidadosas y un punto obsesivas. Ya sea de sellos o de lámparas, de cuadros, abanicos o de electrodomésticos, una colección puede convertirse en una pasión de por vida, con todo lo que ello implica

En el portátil de Antxón Gómez está almacenado su mundo, integrado por los miles de objetos que le parecen singulares y que colecciona desde hace décadas. Clasificados en carpetas atiborradas de fotografías, que testimonian una perfecta organización, hay imágenes, entre otras, de sus colecciones de rollos de papel pintado (tiene unos dos mil); de cajas de cerillas, envoltorios de hojas de afeitar (le interesan por su gráfica); de sillas, relojes, botellas de cerámica, bandejas metálicas, máquinas de escribir, vinagreras, bancos de plástico de los años 70 y aironfixes estampados. También hay muchísimas lámparas, centenares de ellas. Unos objetos que, confiesa Antxón, son su debilidad. Las hay de pared, de techo y de sobremesa. Clasificadas a su vez en subcategorías, como los materiales (plástico, cristal, madera, cuerda…) y los colores (destacando aquí las piezas en rojo y blanco).

“Esta es mi locura”, resume Antxón con naturalidad. Una locura que le ha acompañado durante toda su vida. Su trabajo (es director artístico de películas como las de Almodóvar), ha sido otro acicate para un impulso que describe como “innato” y que le proporciona muchísimas satisfacciones. “Quizás el único agobio es el tema del espacio”, reflexiona, y recuerda cómo empezó a guardar primero sus objetos en un local de la Via Laietana y luego trasladó su cueva de Aladino a una nave del Poble Sec. Pero llegó un punto en el que el aspecto del almacenaje se convirtió en un problema: tenía más de 7.000 objetos, algunos de gran volumen, por lo que tomó la decisión de empezar a aligerarse. Organizó un mercadillo y muchos de sus tesoros encontraron otros dueños. “Me he dado cuenta de que no me importó desprenderme de ellos”, dice, “Y que ahora necesito menos”. Un ejemplo: su colección de lámparas tipo Fase, de las que poseía 120 y de las cuales hoy conserva sólo una treintena.

Ello no significa que Antxón no siga comprando cosas que le atraen: “Porque lo que más me gusta de coleccionar es el proceso de búsqueda, encontrar ese objeto fuera de lo común, que tiene una historia que contar”, explica. Así que las estanterías de su nuevo almacén (más reducido), siguen llenándose de cosas que quizás aparezcan en una película o en un anuncio. “Creo que no soy un coleccionista muy al uso porque utilizo las piezas para el trabajo, la vida diaria”. Sin embargo, pese a su eclecticismo, Antxón cuadra muy bien con el perfil del coleccionista: es extremadamente ordenado, le motiva la búsqueda, escoge a partir de criterios personales y, además, le gusta mostrar lo que tiene.
Aunque les separan cronológicamente varias décadas y estilos rotundamente distintos, la pasión de Antxón Gómez no es muy distinta a la de Frederic Marès, quizás el coleccionista barcelonés por excelencia. Nacido en 1893 y escultor de profesión, Marès descubrió en París, a los 18 años, el mundo de los anticuarios y las subastas y adquirió allí sus primeras piezas. Fue el principio de una existencia marcada por el coleccionismo, que se saldó con decenas de miles de piezas. Una inmensa colección de colecciones que se exhibe, por donación del propio Marés (fallecido en 1991), en el museo barcelonés que lleva su nombre. La colección más homogénea es la de escultura hispánica, que comprende un espectacular abanico de vírgenes con niño policromadas y una impresionante sucesión de Cristos y retablos de madera. Pero es en las salas dedicadas al Gabinete del Coleccionista donde se aprecia hasta qué punto llegaba la locura de Marès por adquirir cosas, clasificarlas y categorizarlas (en secciones como femenina, masculina, fotografía, la fe…). Miles de piezas, fundamentalmente del siglo XIX, que van de abanicos a pipas (de estas últimas hay 300, casi todas con su cajas), pasando por juguetes, llaves, bastones, espadas, tarros de farmacia, relicarios y una notable serie de cuadros y objetos dedicados a la virgen de Montserrat.

Como muchos otros, Marés sintió desde muy joven la llamada del coleccionismo. Una especie de necesidad vital que resulta difícil de describir pero que, como explica el psicólogo Ricard Cayuela, es una característica muy propia de los auténticos coleccionistas. “La búsqueda de una afición , distracción o un hobby, que acaba en una decisión de dedicarse al coleccionismo está sin duda muy ligada a aspectos de personalidad”, explica. Según Cayuela no se puede hablar de un patrón estricto pero si de una característica muy propia de los auténticos coleccionistas: “Son ordenados y cuidadosos y se da también cierta posición obsesiva, que puede ser exacerbada sin caer en la patología y que está directamente relacionada con lo que se colecciona. Existe, además, una vinculación psicológica con el objeto coleccionado”.

Este vínculo que describe Cayuela es algo que otro coleccionista singular, el interiorista Andrés Alfaro Hofmann, tiene muy presente. Desde hace años colecciona electrodomésticos que testimonian la evolución del diseño industrial a lo largo del siglo XX. Una colección única, de más de cinco mil piezas, escogidas por Alfaro en especial por su estética, su funcionalidad y, también, por su carga emocional. Alfaro explica que valora mucho la respuesta nostálgica o asociativa ante algunos objetos de las personas que visitan su colección, que se exhibe en la localidad valenciana de Godella. Porque a él, como a muchos otros colegas suyos (y este es otro rasgo común), le proporciona más satisfacción enseñar que encontrar. “Hasta que no he logrado tener un espacio para mostrarla no he disfrutado de la colección. Lo bonito es visualizarla”, asegura.

Ernest Ventós también ha querido compartir su colección de arte, que lleva reuniendo desde hace más de tres décadas y en el que el papel que juegan las emociones está asimismo muy presente. Ventós es perfumista y en su colección, llamada olorVisual, la obra de arte tiene que despertarle sensaciones que le remitan a alguna experiencia olfativa. Y así, explica: “Transmitir que tenemos un sentido aletargado, el olfato, con el cual, si le dedicamos un poco de tiempo, podemos experimentar muchas emociones, tanto vividas como nuevas”.

Mostrar al público que el arte plástico se puede disfrutar con otro sentido que no sea el de la vista es uno de los principales objetivos del proyecto de Ventós y, también, una de las satisfacciones que su colección le reporta. Pero no es la única: “También tengo especial interés en que esto llegue a los niños, dado que ellos están abiertos a todo”, añade. La de la infancia y la preadolescencia, además, es una época muy proclive al coleccionismo. Sin ir más lejos, todos los entrevistados para este reportaje empezaron a coleccionar desde niños. Un afición que, como explica Ricard Cayuela, resulta beneficiosa en muchos sentido: “Porque produce relajación y la satisfacción anímica de conseguir cosas, además de la contemplación de algo que para el coleccionista resulta bello o precioso”. También facilita el orden, el deseo de cuidar los objetos y de valorarlos. Coleccionar es también un modo de aprender a gestionar la frustración (no se puede lograr todo ya, hay que tener paciencia), y de aumentar la autoestima (en el momento de mostrarla a otras personas). Puede ser asimismo el embrión de algunas vocaciones, como la de naturalista. Charles Darwin, por ejemplo, fue un ávido coleccionista y en parte gracias a su nutrida y colección de especies pudo acuñar su teoría de la evolución. Otro célebre naturalista inglés, David Attenborough, asegura que aprendió taxonomía, la base de las ciencias naturales, coleccionando fósiles de niño. “En la infancia se es coleccionista por naturaleza: coleccionar e identificar es un instinto básico, algo enraizado en todos nosotros”, afirma.

Precisamente, las de minerales e insectos son dos de las colecciones clásicas dentro del área de Coleccionables de la editorial RBA, que lleva muchos años en el sector del coleccionismo por entregas. Originaria de Italia, esta fórmula de adquirir una colección en el quiosco funciona con mucho éxito en España. En gran parte porque, como explica Marga Medina, su directora editorial: “Ha democratizado el coleccionismo”. Aunque no tiene por qué ser una afición elitista (hay colecciones muy baratas y atractivas), lo cierto es que coleccionar no siempre está al alcance de todos. “Por razones como la distancia, el tiempo y, a veces, el dinero, hay colecciones que estaban fueran de las posibilidades de las personas”, explica Medina. “Lo que hacemos nosotros es poner estos productos en el mercado de consumo más convencional”. Las colecciones por entregas son muy variadas y algunas (como las de coches de época o las casas de muñecas), juegan con el factor nostálgico, tan importante en este tipo de hobby. También reflejan modas, como la colección de las chapas de cava que se lanzó hace unos años, coincidiendo con el inicio del interés por este producto.
Medina no cree que una de las claves de las colecciones de este tipo sea que tengan un final. “De hecho, cuando una colección es popular, los consumidores no quieren que se acabe…”, explica. “Mi intuición me dice que muchos la continúan de forma independiente cuando ya no hay más entregas. Lo que quiere el coleccionista es que su colección crezca”, concluye.

Con ella coincide el psicólogo Ricard Cayuela, para quien “esta parte de constante ampliación del coleccionismo es uno de sus estímulo básicos, aunque la dificultad aumente cada vez mas”. Según Andrés Alfaro Hofmann, “que una colección esté viva es la parte más atractiva”. Antxón Gómez sigue sintiendo pasión por añadir nuevas piezas a sus series de objetos singulares, mientras que Ernest Ventós afirma rotundo que “una colección nunca está completa, siempre hay algo que te llama la atención o que puede completar aquello que tienes”. ¿Tiene alguna explicación esta faceta infinita del coleccionismo? En su ensayo El sistema de los objetos, Jean Baudrillard reflexionó sobre el carácter inacabable de las colecciones. Según él, esta falta de un objeto juega un papel esencial ya que, aunque a veces se viva como un sufrimiento, es una forma de seguir en un mundo en el que el coleccionista se siente bien. Para Baudrillard esta búsqueda constante sería, incluso, una manera de conjurar la muerte porque, escribió: “La presencia del objeto final significaría la muerte del sujeto”. Al completar su colección, el coleccionista dejaría de ser el hombre “vivo y apasionado” que es, gracias a algo que es mucho más que una simple afición.


Fuente http://www.lavanguardia.com/


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